De un molino de chiles en 1923 al anaquel de 50 países: la historia de La Costeña, la empresa que industrializó el sabor mexicano

Cómo una tienda de abarrotes del barrio de La Merced se convirtió en uno de los mayores exportadores de alimentos procesados de México — sin dejar de ser una empresa familiar.
Hay productos que entran a la despensa de un país y ya no salen. En México, la lata de chiles jalapeños es uno de ellos. Y detrás de esa lata hay una historia empresarial que comenzó hace más de un siglo, cuando exportar sabor mexicano al mundo no era una estrategia de negocio: era impensable.
La Costeña es la empresa que lo hizo pensable.
1923: una tienda de abarrotes con visión industrial
Vicente López Resines fundó La Costeña en 1923 como una tienda de abarrotes en la Ciudad de México. La decisión que cambió el destino del negocio llegó años después: en lugar de solo vender chiles en escabeche preparados artesanalmente, industrializar su producción. En un país donde la conservación de alimentos dependía del consumo inmediato y los mercados locales, envasar el sabor era una apuesta tecnológica adelantada a su época.
Para mediados del siglo XX, La Costeña ya operaba su planta en Ecatepec, Estado de México — la misma zona industrial donde hoy se concentra buena parte de su capacidad productiva.
La era de la expansión: del chile al portafolio completo
La segunda mitad del siglo XX definió el modelo que distingue a La Costeña: no quedarse en una sola categoría. Del chile jalapeño y el chipotle adobado, la empresa expandió su portafolio a frijoles refritos, purés de tomate, salsas caseras, mermeladas, mole y vegetales envasados — construyendo una marca paraguas que hoy abarca más de 200 productos.
Esa amplitud de catálogo tiene una lógica industrial precisa: aprovechar la misma infraestructura de envasado, la misma red de distribución y la misma confianza de marca para multiplicar categorías, en lugar de multiplicar riesgos.
El salto exportador: el sabor como ventaja competitiva global
El crecimiento de la población de origen mexicano en Estados Unidos abrió la puerta; la calidad constante la mantuvo abierta. Hoy los productos de La Costeña llegan a decenas de países en América, Europa y Asia, y la empresa compite globalmente en la categoría de alimentos mexicanos procesados — un mercado que crece impulsado por la popularidad internacional de la gastronomía mexicana, reconocida como Patrimonio de la Humanidad.
Para la industria alimentaria nacional, el caso es relevante por una razón: demuestra que la manufactura mexicana puede competir en mercados desarrollados con marca propia, no solo como maquilador de marcas ajenas.
Por qué el modelo funciona: las claves estructurales
La integración vertical — del campo al envasado — le da control sobre calidad y costos en un sector donde el precio del insumo agrícola es volátil. La inversión constante en tecnología de envasado le permite mantener estándares de exportación. La continuidad familiar en la dirección ha dado consistencia estratégica de largo plazo, algo poco común en un sector dominado por multinacionales que rotan directivos cada pocos años. Y la marca construida durante un siglo es, como en todos los casos de longevidad empresarial, el activo imposible de copiar.
Ficha de referencia:
| Dato | Detalle |
|---|---|
| Fundación | 1923, Ciudad de México |
| Fundador | Vicente López Resines |
| Trayectoria | Más de 100 años en la industria alimentaria |
| Sede industrial | Ecatepec, Estado de México |
| Portafolio | Más de 200 productos (chiles, salsas, frijoles, purés, mole) |
| Presencia | Exportación a decenas de países en América, Europa y Asia |
| Modelo | Empresa familiar mexicana con integración vertical |
| Diferenciador | Industrialización del sabor tradicional mexicano |